Había una vez un bibliotecario llamado Julián que padecía una extraña enfermedad: el ruido del mundo le dolía. No solo el claxon de los autos o el ladrido de los perros, sino el roce de la seda, el parpadeo de las luces y hasta el sonido de la gente pensando.
Buscando la paz definitiva, vendió sus pertenencias y viajó a una región olvidada del desierto, donde se rumoreaba que existía una cueva tallada en cristal negro que absorbía todo sonido.
El descubrimiento
Tras semanas de búsqueda, Julián encontró la entrada. Al cruzar el umbral, el silencio fue absoluto. No oía su respiración, ni el latido de su corazón. Pero, al llegar al centro de la gruta, vio algo que desafiaba la lógica: miles de burbujas transparentes flotando en el aire, cada una vibrando con un color diferente.
Llevado por la curiosidad, Julián tocó una pequeña burbuja de color ámbar. De inmediato, una voz cálida resonó directamente en su mente:
\"Te prometo que volveré antes de que caiga la primera nieve.\"
Era una promesa de amor de hacía tres siglos. Tocó otra, una burbuja gris plateada:
\"No quise romper el jarrón, solo quería ver si las flores podían volar.\"
La revelación
Julián comprendió que la cueva no era un lugar de silencio, sino un almacén. Todas las palabras que se dicen al viento, los secretos susurrados al oído y las promesas rotas que nunca llegaron a su destino terminaban allí, atrapadas en el cristal negro para que el aire del mundo no pesara tanto.
Pasó días escuchando. Escuchó confesiones de reyes, planes de viajeros y los nombres de mascotas olvidadas. Pero pronto, el \"silencio\" que tanto buscaba se convirtió en la mayor de las distracciones. Julián se dio cuenta de que el silencio no es la ausencia de sonido, sino la paz con lo que se escucha.
El regreso
Antes de irse, Julián hizo algo que nadie había hecho allí. Respiró hondo y, por primera vez en años, habló en voz alta hacia el vacío de la cueva:
— \"Ya no tengo miedo de oír.\"
Una pequeña burbuja de color blanco puro nació de sus labios y se unió a las demás. Julián salió de la cueva y regresó a la ciudad. El ruido seguía allí, pero ahora, cada vez que escuchaba un grito o un motor, cerraba los ojos y recordaba que, en algún lugar del desierto, ese ruido eventualmente se convertiría en una burbuja de luz, esperando ser perdonado por el tiempo.