Si esta fuera la última vez que te escribo desde este lugar del alma,
quiero que sepas que te amé con todo lo que tuve
y con todo lo que me faltó.
Anoche entendí lo frágil que soy sin vos.
Lo supe cuando el silencio me pesó más que cualquier palabra,
cuando no hubo un “buenas noches” que me salvara,
cuando mi cabeza se llenó de tu ausencia
aunque tu nombre estuviera en cada pensamiento.
No dormí.
Me quedé despierto repasando cada gesto,
cada distancia,
cada cambio que no supe leer a tiempo.
Pensé en lo que hicimos mal,
en lo que no dijimos,
en cómo el amor también se cansa de esperar explicaciones.
Te hablé desde el miedo,
sí.
Desde ese terror silencioso de sentir que podía perderte.
No quise acusarte,
quise aferrarme.
Quise entender antes de que fuera demasiado tarde.
Pero a veces amar también es quedar expuesto,
desnudo,
temblando,
sin garantías.
Me di cuenta de cuánto dependo de vos en las cosas más simples:
en tus mensajes,
en tus palabras,
en saber que pensás en mí cuando yo pienso en vos todo el tiempo.
Sin eso, me rompo despacio.
Sin eso, me lleno de dudas que no quiero tener.
Si esta carta fuera el final,
quiero que sepas que nunca dudé de vos como elección.
Dudé de mí,
de mis miedos,
de no ser suficiente,
de no saber cómo sostener algo tan grande sin lastimarlo.
Tengo miedo de perderte.
No como se pierden las cosas,
sino como se pierde lo irremplazable.
Y aun así, incluso acá,
incluso en esta oscuridad,
sos vos a quien elijo.
En las peleas.
En los silencios.
En los días donde amarse cuesta más que soltarse.
No sueño con una vida perfecta,
sueño con una vida verdadera.
Y en esa verdad, siempre sos vos.
Si este fuera el final,
quiero que quede claro:
no fue falta de amor,
fue exceso.
Y si todavía hay un comienzo escondido en todo esto,
yo estoy acá.
Con miedo,
con errores,
con el corazón en la mano.
Esperando que no sea un adiós,
sino la última vez que tengamos que escribir desde el dolor
para volver a encontrarnos.