Grazna el cuervo, la sombra se inclina,
en el filo del abismo el ser se disuelve,
no hay horizonte, la luz blanca nos domina,
y la mirada al invierno la tierra vuelve.
¡Oh, melancolía de la hora perfecta!
El amor fue el martillo, la forja, el fuego,
que esta finitud, de mi alma sedienta,
celebre el abrazo en el último juego.
Caigo como avalancha, sin peso, sin patria,
sediento de ser, me vuelvo torrente,
ya no soy yo, ni sombra, ni rastro,
soy el instante eterno, la lava ardiente.
En la noche helada, el amor se consuma,
fluye la vida en la pausa final,
donde el polvo, la luz y la pluma,
son uno en el caos, libre y mortal.