Aprendió a convivir con la nada y el nadie,
a poner la mesa para uno,
a no dejar huecos por si acaso.
Descubrió que la soledad no siempre altera,
que a veces solo se sienta y espera a que te quedes.
Dejó de pelear contra ella como un castigo,
a no llenarla de nombres,
a no inventar ausencias para justificar el frío.
Un buen día, de forma inesperada,
el silencio dejó de ser frontera y se volvió descanso.
No llegó nadie.
Pero tampoco hizo falta.