Yo aposté el alma sin saber las reglas,
creí que el juego era mirarse de verdad,
pero tú movías piezas según tu conveniencia
y yo perdía turnos creyendo en la lealtad.
Tú jugabas a la vida con copas llenas,
risas prestadas y noches sin final,
yo contaba las horas, los silencios,
preguntándome en qué casilla empecé a fallar.
No me amabas, ahora lo entiendo
solo te gustaba ganar sin entregar,
dinero, placer, aplausos ajenos,
mientras yo apostaba lo único real.
Hoy recojo mis piezas del suelo,
no porque haya perdido el valor,
sino porque en este juego de la vida
el que siente de verdad… no siempre es el peor.