Aprendí a nombrar a Dios
antes de aprender a dudar,
y ahora esas sílabas antiguas
arden cuando pienso.
La razón levanta muros de hielo,
enumera causas,
desarma milagros
como relojes inútiles.
La intuición, traidora y fiel,
enciende velas en ruinas,
no para creer,
sino para ver qué sigue respirando
cuando todo debería estar muerto.
No rezo.
Pero a veces el silencio
me responde demasiado bien.
He enterrado dogmas,
pero la tierra aún está tibia.
Hay ideas que mueren despacio
porque crecieron dentro del hueso.
Si existe un apocalipsis,
no será fuego ni trompeta:
será el instante exacto
en que una verdad interior
se queda sin símbolos
y aun así exige ser mirada.
Sigo avanzando
entre dioses que ya no mando
y vacíos que todavía no obedezco.
No busco salvación.
Busco exactitud.
Y si al final no hay sentido,
que al menos quede este gesto:
haber caminado despierto
mientras el mundo intentaba
volver a dormirme.