Ingenua y añorada juventud
Argumentábamos sin palabras
y poníamos distancia de por medio,
sin darnos explicación alguna
que nos ayudara a entendernos.
Sin saber exponer nuestras razones
ni poder expresar nuestros sentimientos,
solo dejábamos que transcurriera el tiempo,
esperando que así se arreglara todo.
Cuando la flamita del desacuerdo
se apagaba, de a poco, por sí sola,
con el puro rocío de las mañanas
y la brisa de algunos atardeceres.
Si nos encontrábamos casualmente
en algún terreno plano y neutro,
sonreíamos sin siquiera acordarnos
de lo que ocasionó el desapego.
¡Ahora sí lo entiendo, amigo mío!
Era la juventud de nuestros tiempos:
tanto que aprender en el camino
y poca dirección en el momento.
Han pasado las edades y los tiempos,
y nos cruzamos nuevamente cual cometas
que fueron impulsadas por los vientos,
al perseguir afanados nuestros sueños.
Nos miramos una vez más como antaño
y nos expresamos mutuamente nuestro afecto;
recordar aquellos tiempos nos hace reír ahora,
aunque hayamos llorado en su momento.
Elise Beher ©®