Alexandra Quintanilla

Le atinaste

A veces me pongo a pensar lo tarde que volviste.
Lo difícil que fue curarme de diversas cicatrices que en tu ausencia, obtuve por hacer lo que fuera con tal de olvidarte.

A veces pienso en los besos que di maldiciendo tu nombre.
Ninguna boca jamás supo igual.
Licor barato e incoherencias que se oían tan bien.
Al final todas supieron a hiel.
A veces solo pienso en lo que no estuvo bien.
Sobre los falsos intereses que fingía solo para que, al fin, alguno me supiera a verdad.
Lo tétrica que se ha vuelto la vida desde que no viniste cuando por largas noches te esperé.
Las tantas llamadas que hiciste después de que te pedí no volver.

Con nadie había vuelto a hablar de las cosas extrañas que nos pasan.
Como ir caminando y encontrar una moneda y acordarme de tus creencias de las que siempre me burlaba.
Como botar la sal y la mala suerte. 
En cuantos  mares nos bañamos en otras vidas para que nos tacara perdernos.
A veces pienso sobre los nadies.
Todo el mundo es un mundo de nadies desde aquel domingo en que no pude volver a hablarte por orgullo y dignidad y,
con nadie me he sentido tan ubicadamente desubicada.
Y ahí es donde justamente me matas:
cuando dices que finjo que todo da igual.

Realmente le atinas.
Todo me parece importante.
Soy tan nostálgicamente consciente de que todo me parece sentimental.
Una desinteresada de las cosas cotidianas y, al final,
una absurda mujer que busca la perfección
a sabiendas de que va a perder.
Las utopías no nacieron para ser realizadas.

Y…

Digo no
cuando todo en mí apuesta por tantos si.

A pesar de que la mayoría de ocasiones no puedo ni con mi propia cabeza,
Hay luceritos que me gritan sigue.
Que al final
La curiosidad mató al gato,
pero murió sabiendo,
o eso es lo que quiero pretender.