Los viejos árboles, aún anclados, aún fuertes
Sirven de sostenimiento al refugiado en su caída
No solo pretende escapar de su suerte
Si no, además, procurarse un hogar
(Ese estímulo de pertenencia
del lugar que arropa y a la vez resuelve)
Pero son dos metros de nieve
Cada paso es un tiempo, digámosle: insuficiente
No espera llegar. A cambio parece acostumbrado
A sentir que la nieve le llega al pecho
Y que los ojos pueden ver (a través de la ventisca)
Luces lejanas; son como las que salen por las ventanas
Se encienden, se apagan, a medida en que la vida fluye dentro.
Desde que partió de su mundo, yermo, abatido de escasez
No logra imaginarse nada que no sea el paraíso eterno
Esa especie de lugar que en cada uno es como el mar (en cada uno)
Que en unos un templo, que en otros la vida en movimiento
Para él resulta algo más simple: una mano, una mano
Una mano, una que le agarra y con la que puede avanzar
Eso es un hogar, uno más ancho que el mar
Y que todo el orbe junto
A estas horas puede que sus ojos estén tapados
Y que el dolor de sus pies sea su forma de vida
Un sonido intermitente surge del interior
Un do sostenido acompaña el quebrar de la montaña
Tantos pasos y al final no queda nadie, no queda nada
(salvo la luz en las ventanas, salvo Dios, salvo los árboles)