César C. Barrau

Bajo el manto helado de la pendiente

Los viejos árboles, aún anclados, aún fuertes

Sirven de sostenimiento al refugiado en su caída

No solo pretende escapar de su suerte

Si no, además, procurarse un hogar

(Ese estímulo de pertenencia

del lugar que arropa y a la vez resuelve)

 

Pero son dos metros de nieve

Cada paso es un tiempo, digámosle: insuficiente

No espera llegar. A cambio parece acostumbrado

A sentir que la nieve le llega al pecho

Y que los ojos pueden ver (a través de la ventisca)

Luces lejanas; son como las que salen por las ventanas

Se encienden, se apagan, a medida en que la vida fluye dentro.

 

Desde que partió de su mundo, yermo, abatido de escasez

No logra imaginarse nada que no sea el paraíso eterno

Esa especie de lugar que en cada uno es como el mar (en cada uno)

Que en unos un templo, que en otros la vida en movimiento

 

Para él resulta algo más simple: una mano, una mano

Una mano, una que le agarra y con la que puede avanzar

Eso es un hogar, uno más ancho que el mar

Y que todo el orbe junto

 

A estas horas puede que sus ojos estén tapados

Y que el dolor de sus pies sea su forma de vida

Un sonido intermitente surge del interior

Un do sostenido acompaña el quebrar de la montaña

Tantos pasos y al final no queda nadie, no queda nada

(salvo la luz en las ventanas, salvo Dios, salvo los árboles)