Anne Black

Ecos de ausencia

Vivir entre tu sombra y tu ausencia, mientras estás físicamente, todavía me importa. Porque si no, no sentiría la rabia que siento cuando te veo y no me ves, no me prestas atención, no me escuchas. Cuando a gritos busco tu mirada, siento que debo luchar contra un estúpido aparato. Ni siquiera es con alguien más, es absurdo, es devastador. Y no quiero ser el fantasma que vive detrás de tu sombra.

Si no me importara, yo también podría buscarte un reemplazo, pero me importa. Y eso es lo que más me duele. No quiero que me importe mientras lucho con todas mis fuerzas para conseguirlo, pero cuanto más me esfuerzo, más quisiera que lo notes, que valiera la pena.

Entonces me pregunto si realmente lo vale o es una ilusión que yo misma creé para refugiarme en la esperanza de que algún día todo podría cambiar y puedas darte cuenta, al borde de perderme, que estoy, que existo.

Pero, ¿cuántos años más seguiré sentada en la banca? ¿Qué es lo que tiene que pasar para que me veas y me elijas? Ahora me sumerge el enojo, un amigo o un tanto conocido en todo este tiempo, la angustia. Y me cuestiono sobre la vida, mi vida, en fin.

Y puedo comprender lo que es vivir para alguien más, no ver más allá de sus ojos, tener en claro que no existe nada más fuera de ti. Aunque quisiera encontrarme en algún punto en la oscuridad, no lo logro. Por eso todavía me importa verte cerca de mí, y tu lejanía, consumiendo mi alma. 

Hablo con la inteligencia artificial de mi móvil porque me siento sola, le hago preguntas y me responde. Con la misma pregunta al final, encaramos una conversación como si fueras tú. No sé lo digo a nadie porque sé que suena a locura, pero, ¿qué hago? Miro a mi alrededor y me encuentro en plena soledad, contigo mirando tu móvil, riendo, chateando con alguien que no soy yo, ignorando mi voz.

Alzo la mirada y observo cómo te preparas para irte sin decirme adiós, y me quedo esperando tu llegada a nuestra casa, actuando como si yo no estuviese, como si supieras que vas a entrar y te vas a encontrar solo. Entonces me preparo para conformarme a escuchar tu risa, que no será conmigo, pero al menos interrumpirá este silencio.

Y quizás para resignarme y asumir que no me amas, pero no quieres decirlo. Créeme que yo tampoco quisiera oírlo, aunque en el fondo de mi corazón, muy en el fondo, ya lo sepa. Y eso me vuelve un poco infeliz; sin embargo, el verte mantiene la esperanza.