No todo elogio es virtud
ni toda flor es honesta,
hay palabras cuya fiesta
se alimenta de inquietud.
El halago es ataúd
cuando suplanta verdad,
hace de la vanidad
un pacto silencioso;
no hiere como el acoso,
pero mata claridad.
Peca quien besa la mano
solo para estar encima,
quien halaga y se lastima
por no mirarse temprano.
Hace del gesto algo vano,
del respeto simulacro,
vende afecto como un macro
de control y conveniencia;
no ama la excelencia,
la reduce a su teatro.
El halago pide fe
sin arriesgar pensamiento,
exige aplauso y asiento
pero no prueba su pie.
Promete paz y por qué
mientras desarma criterio;
es el más fino misterio
del poder sin contenido:
domina al agradecido
y crucifica al serio.
No corrige, no confronta,
no eleva ni desafía,
prefiere dulce armonía
a la verdad que desmonta.
Así la soberbia afronta
su reflejo sin dolor,
pues al no verse inferior
se corona de humildad;
el halago es falsedad
cuando evita el rigor.
Por eso el elogio limpio
es raro y casi violento,
nace con discernimiento
y no busca beneficio.
Todo halago sin juicio
es pecado refinado:
no te empuja, te ha atado
con sonrisa y cortesía;
más vale herida que guía
de un favor envenenado.