Mateo 5:48
Sediento, el Espíritu me movió al desierto;
llagado, con gusanos en mis heridas,
descalzo y cansado,
fui a esas tierras áridas.
Pensé que moriría, pero, de cierta manera, ya lo estaba:
hacía lo que quería y me dejé seducir por el mundo.
Uno solo se basta; vasta es la concupiscencia.
Mis heridas supuraban; mi saliva en los labios se secaba;
los gusanos comían mi carne; basal tormento.
Pero en el fondo, yo deseaba \'ser bueno\'.
Me cansé de los placeres terrenales,
era como si mi alma buscara un sentido.
Alejé todos los placeres carnales:
oí a Dios, y me dispuse a seguirlo.
Resulta que, para vivir hay que morir;
hago lo que no quiero, pero me esfuerzo (Romanos 7:19-25):
el Espíritu me ha mostrado mis pecados;
¡rostro a tierra, mi error fue revelado!
¡Perdóname, Padre mío, he pecado contra ti (Salmos 51:4)!
Me arde el alma de ver lo que he fallado:
mis actos conscientes e inconscientes;
lo que hice, no hice o dejé de hacer:
todo el mal que soy y pensé que no tenía,
finalmente lo veo, Señor, y es un suplicio que temía.
No rasgué mis vestiduras, Señor;
antes bien, me arrodillé durante días:
por horas que parecían siglos
tu ángel, con rostro férreo, me los presentaba:
este dolor tan grande está provocando malestar;
todo el pecado lo tuve que vomitar.
Seguía con mi aflicción,
pero, ahora, sentía un proceso de purificación.
¡Me sigue doliendo el alma, Dios mío!
no obstante, este ardor es para mi salvación.
Me has abierto los ojos, tengo sed de Ti,
¡aliméntame, Señor, apiádate de mí!
He destruido al antiguo hombre,
estoy a tu servicio.
De ser señor, me hago siervo;
te reconozco, mi Señor, hazme un vaso nuevo.
Ahora que me has cubierto con tu sombra,
veo que el Cazador hace ronda:
desea verme caer y portar deshonra;
mas Tú, ¡oh, Piadosísimo, cuídame en la hora!
Justa es tu Ley;
sagrada y divina tu Palabra;
me has sometido al crisol:
¡condúceme al eterno Sol!
Para mayor gloria de tu Santo Nombre.