Juan Roldan

Ausencia

 

 

Hay días en que la ausencia no pesa:  

solo está ahí, quieta,  

como una silla vacía que ya forma parte del paisaje.  

 

Pero otras veces —las más silenciosas—  

se te sienta encima del pecho  

y te obliga a recordar  

que hubo un nombre que te sostuvo  

y ya no está.  

 

Al principio caminas con torpeza,  

como si el mundo hubiera cambiado de gravedad.  

Te sorprendes buscando gestos que ya no ocurren,  

mirando hacia la puerta  

con esa esperanza absurda  

que solo entiende quien ha perdido.  

 

Y sin embargo, el tiempo —  

con su modo casi distraído—  

empieza a hacer sitio.  

No te cura,  

no te promete nada.  

Solo te acompaña mientras aprendes  

a no romperte cada vez que respiras.  

 

Un día descubres que puedes hablar de ello  

sin que la voz se te quiebre,  

que el recuerdo ya no muerde,  

que la herida se ha vuelto una habitación  

donde también cabe la ternura.  

 

Y entiendes —por fin—  

que la pérdida no se va,  

pero deja de doler como antes.  

Se vuelve latido suave,  

sombra que no asusta,  

forma distinta de amor  

que te acompaña  

sin cuerpo.