una tarde de noviembre
después del mediodía
cerré con candado
mi puesto del cañadón;
un rancho humilde
construido
con lágrimas
sobre los cerros
que cercan
al pueblo de Esquel;
después del mediodía
el mismo sol
para los justos
y para los pecadores;
y nosotros
tomábamos mate
y también leímos la biblia
aquella tarde de noviembre
con el gaucho Antipan;
después
más abajo
don Nievas
me saludó,
se asomó en la ventana
cuando pasé
caminando
por la puerta de su casa;
yo también pasé
por los senderos
de esos cerros
de la misma forma
en la que pasan
el viento
y el amor
y la muerte;
después del mediodía
lo último que vi
de mí pueblo
fueron
los galpones
abandonados
del viejo ferrocarril;
nadie lo supo pero yo
partí
aquella tarde
de noviembre
rumbo al norte
del Neuquén;
y jamás regresé.