En el estruendo de la colonia, los pingüinos logran descifrar la melodía única de su pareja a través de un canto de dos voces; un hilo invisible entre la multitud.
Yo creí que yo seria tu pingüino. Te llamé hasta que el aliento se volvió escarcha, te canté versos que el viento se llevó y escribí nuestros nombres en una piedra que hoy descansa solitaria sobre la nieve.
Pero a mi llamado solo responde el vacío. Mi voz, esa que buscaba tu frecuencia, se ha terminado por ahogar en el ruido de un mundo donde tú ya no escuchas.
Resulta ser que solo fuimos aves de paso.