Bajo la sombra herida de la tarde,
un niño aguarda al pie del coloso ciego,
donde el tiempo es un rastro que ya no arde
y el silencio es un río de antiguo fuego.
Mira la cumbre, altar de piedra y olvido,
que oculta en sus venas la luz del mundo;
un titán que duerme, un rugido contenido
en el vientre de un tiempo vasto y profundo.
«¿Soy yo el instante y tú la memoria?»
pregunta el niño al gigante de ceniza.
El volcán calla su milenaria historia,
mientras el viento en la falda se desliza.
Piensa en su propia sangre, cauce de vida,
en el mañana que late tras sus ojos,
y ve en la roca, por el sol herida,
la paz que sobrevive a los despojos.
Grande es el monte en su quietud de hierro,
pero el niño es la chispa que lo nombra;
uno es el centro, el otro es el destierro,
la luz que mide el ancho de la sombra.
En ese umbral de tierra y de misterio,
el futuro es un brote entre la lava:
el niño hereda el pétreo cautiverio
y el volcán despierta en lo que el alma alaba.