yender lovaton

UN DIA MAS

Sentado en la silla gastada del rincón,
donde la luz de la tarde teje un patrón,
mis dedos se mueven lentos sobre el papel,
buscando las palabras que me saben a miel.

El aire se espesa con tinta y con anhelo,
mi pluma dibuja un mapa bajo el cielo
de un pensamiento fijo que no se retira,
inspirado en tu forma, la que me mira.

La historia que cuento nace de tu recuerdo,
de cada gesto simple, de cada acuerdo
silencioso que hicimos sin saberlo entonces,
ahora son mis versos, mis únicas razones.

Mas la quietud se rompe con un brillo frío,
el rectangular objeto, mi pequeño hastío,
el celular reposa al alcance seguro,
un portal a un mundo menos puro.

Lo tomo en la mano, un reflejo fugaz,
buscando en la pantalla lo que ya no das,
una imagen tuya, quizás un mensaje antiguo,
y en ese segundo, mi enfoque es ambiguo.

La distracción llega como un viento leve,
un instante robado que el alma se bebe,
para volver luego a la tarea dura,
darle forma al sentir, a esta atadura.

Termino el impulso, la silla protesta al mover,
es hora de escapar, de un poco recorrer
las calles conocidas, la rutina impuesta,
con la mente aún llena de tu dulce cuesta.

Salgo a la avenida, el sol ya declina,
la compra pendiente, la tarea genuina,
necesito pan, fruta, algo más sustancial,
pero mi paso es incierto, casi irreal.

Entonces los veo, colores vibrantes y tiernos,
el puesto de flores, los ramos eternos,
rosas de terciopelo, carmesí y marfil,
y una duda crece, sutil y febril.

Me detengo y las toco, la seda del pétalo,
¿Te gustarían estas? ¿Sería un acierto grato?
Imagino tu mano al recibirlas, suave,
una escena sencilla que en mi mente cabe.

Las compro sin saber si es un gesto acertado,
un puente que tiende mi amor pausado,
y mientras camino con el ramo en la mano,
el aire se mueve, el momento es ufano.

Una brisa ligera me roza la frente,
y de pronto el aroma se vuelve presente,
ese soplo fresco que me devuelve el eco,
de tu pelo cayendo, de tu amor hueco.

La brisa es tu ausencia que se hace tacto breve,
un recuerdo vívido que mi alma bebe.
Y vuelvo a sentir, con una punzada clara,
esas manos queridas, la caricia rara.

Tus manos sobre mi rostro, un roce tan leve,
un contacto pasado que aún se mueve
en el aire que respiro, en cada bocanada,
la promesa callada, la llama guardada.

Vuelvo a casa despacio, el ramo me guía,
la silla vacía me espera todavía,
y entiendo que escribir es solo recordarte,
mientras cada brisa me ayuda a encontrarte.