No fue idea.
Fue aquí,
donde nació el deseo de nuestros besos,
como fuego que aprende su forma,
como espuma insistente
que vuelve
aunque el mar se retire.
Cuando nos besamos
no fui yo ni fuiste tú:
fuimos una sílaba sin dueño,
un pulso sin historia,
un perder el nombre
para volver a existir.
Después, mi boca buscó la tuya
como tierra sedienta
que implora la lluvia.
Antes hubo aliento,
sí,
pero ahora es la carne
la que manda.
Nuestros besos ya no sellan verdades:
las desbaratan.
Abren el cuerpo
como se abre un fruto
cuando su madurez se rinde.
Nuestros labios no son puente:
son choque,
derrame contenido,
espuma ardiente
donde el deseo nace
sin pudor
y sin memoria.
Aquí no se pierde el nombre:
se pierde el orden.
El cuerpo piensa primero,
la piel decide,
y el mundo —si existe—
espera afuera
mientras la boca gobierna.
Besar es esto:
un mandato sin palabra,
un hambre que sabe
exactamente
dónde morder.
En nuestros besos hay herida
y, a la vez, consuelo profundo:
hambre que muerde
y rezo que sostiene.
Así besamos,
haciendo del cuerpo un templo
donde la llama no destruye
y la fe
no niega la carne.
El beso no se decide:
ni peca
ni bendice.
Tiembla
en ese filo
donde la carne ora
sin palabras
y el alma
aprende a arder.
Hay humedad contenida en el aire,
un pulso tibio
que se abre paso
entre respiraciones que aprenden a escucharse.
El beso insiste,
profundo sin violencia,
cerrado y ardiente,
un vaivén lento
donde el cuerpo se vuelve pensamiento
y el pensamiento, fiebre.
No sabemos
si este temblor nos absuelve
o nos condena.
Solo sabemos que quema
con una elegancia de antaño,
como si el cuerpo supiera
rezar
con la boca entreabierta.
—L.T.
Poetas somos…
1/22/2026