Oh, en eterno suplicio,
no haga con decoro
que muera para dejarla
a usted, vivir.
Se lo imploro en sonetos,
en clásicos himnos a su patria,
y en esta canción —la nuestra—
en que usted trasciende mi presencia,
la transforma en una áurea fantasmal
para no verse atormentada por el desvarío,
por su decisión inhóspita: no dejarme morar
a su lado.
En su costado,
reencarnar en su piel;
exfoliarme y ser quien la ancla al aire;
merodearla ante su reprimenda.
Por eso siempre debe exiliarme.
Cada vigilia, a la antesala de su pecado,
porta nuestra canción como sello a su alma,
y evoca óperas con los labios, murmullos.
Me reinventa con sus dedos, con los de otros,
me sentencia por una amargura primitiva
que no es solo suya: es su superyó
quien también le canta.
Y yo quiero ser el ello:
mi apetito es destreza poética,
la sublimo con propios acordes;
en mi cama repaso sus sonetos,
los registros que la llaman
hasta que, finalmente,
a mi espíritu, su sombra acude.
Su colapso me menciona,
admiten sus poros, los que me rozan,
cuán de carne y hueso soy.
Que estos ávidos dedos que la escriben
son tan reales
como su salvajedad por mí.
Luego quiere defenestrarme. Borrarme.
Reprimir mi llanto perpetuamente.
Porque le duele —no puede—
habitar la herida
de quien, en devota potestad,
la amó
sin deshumanizarla.
La amo.
Quiero que lo sepa.
Siempre, en las sombras,
la suelo silenciosamente habitar.