A veces el cuidado se vuelve rutina y la rutina silencio.
La casa está en orden, las mesas servidas, los días cumplen su forma,
pero algo invisible queda siempre pendiente.
Como una canción sonando muy bajo en otra habitación.
El fuego sigue existiendo, pero ya no convoca.
No se apaga: se queda esperando,
mientras otras luces reclaman atención
y el calor aprende a no interrumpir.
Hay presencias que están, pero lejos.
Manos ocupadas, miradas atrapadas en otros mundos,
no por maldad, sino por costumbre.
Y así, el deseo deja de pedir,
porque pedir cansa
y esperar, desgasta.
El equilibrio se pierde sin que nadie lo empuje.
Antes, el fuego encontraba encuentro.
Después, aprendió a adaptarse.
Y ahora, apenas respira,
no por falta de amor,
sino porque amar también necesita ser elegido.
La distancia agranda lo que ya era frágil.
Los caminos pesan más cuando la motivación se adelgaza,
y el viaje deja de ser promesa
para volverse pregunta.
No hay reproche en esto.
Solo una tristeza serena:
la de sentir que se da mucho
y aun así no alcanza,
como si el amor hablara un idioma
que ya no siempre encuentra respuesta.
Porque cuando el amor es real, no se conforma con existir en silencio.
Busca forma, busca gesto, busca encuentro.
No para exigir, sino para no marchitarse.
A veces amar también es encender una luz,
acercarse al fuego,
y atreverse a decir que el frío, aunque sea suave,
también duele.
JFAS 22-10-2026