Siempre he sabido —te lo dije—,
siempre, aún sin saberlo,
sin ser conocedor de que lo sabía,
ahí dentro, en algún recoveco
de mi entraña, escondido de mi luz,
de la herida que una luz, la mía,
podía infligir a tan valioso conocimiento.
Siempre, sin querer, he obrado
en consecuencia, con arreglo
a los efluvios que —siempre—
me han brotado desde lo más hondo
de mis grutas, ahí, donde la hierba
se quiebra y surge verde, emergente,
ahí, donde se aclepsidra el misterio.
Siempre —mi intuición es proverbial,
poderosísima, soy acuario— he hecho
según una voz inaudible que me habla
al oído, que me acaricia la espalda,
que me mece la cuna, que me lleva
hacia donde las olas refluyen rotas,
donde la mar es solo agua salada.
Lo he sabido —ya te lo conté un día,
¿te acuerdas?— y ahora, pluma, hoja,
vista y tinta, se pueden confabular
para escribir aquello —de pe a pa—
que digo he sabido siempre. Sin saberlo.
Vivir.