El beso del Sol y la Luna
La búsqueda del Ara Astral se convirtió en una carrera febril contra el reloj de arena. Mientras descendían de las cumbres heladas, Titania escudriñaba el firmamento, descifrando el lenguaje de los astros. Las palabras que la Reina de las Nieves le había confiado al oído —un secreto guardado bajo llave frente al resto del grupo— pesaban como plomo en su pecho: «En apenas tres días, el cosmos dictará sentencia».
Se aproximaba el Eclipse de Ámbar, un fenómeno donde las luminarias se alinean en el cenit para sellar el \"beso de alabastro\". En esa conjunción alquímica, el cielo se torna un crisol donde el oro solar y el platino lunar se funden en una luz neutra y divina. Es el instante preciso en que el Velo de la Aurora deja de ser un mito para volverse tangible.
Siguiendo las coordenadas del Oráculo, el grupo abandonó las alturas para internarse en el Valle del Crepúsculo. El lugar poseía una topografía onírica donde el tiempo gravitaba impasible y las leyes de la física se volvían laxas, como resina tibia de abeto. Allí, las flores se abrían en un alba rosada perenne y el río fluía hacia atrás, buscando su fuente materna.
Sin embargo, el sosiego era un espejismo. —No bajéis la guardia —advirtió Titania, señalando el suelo—. El enemigo no descansa.
Los Acechadores del Vacío, hermanos de los Devoradores, habían mancillado el camino con su presencia fétida. Eran manchas de \"negativo\" absoluto que devoraban el color de la vida; por donde ellos pisaban, el mundo se volvía bidimensional y gris. Su paso no era un ataque, sino una erosión de la existencia que dejaba tras de sí un rastro de atrofia cromática.
—El eclipse ocurrirá allí —señaló el hada hacia unas imponentes columnas de basalto—. Es el Altar de los Mundos. Solo cuando las dos luminarias se unan, el Velo se materializará.
De pronto, el cielo se tiñó de una extraña penumbra dorada y azul profundo. El disco ocre de la Luna comenzó su lenta transgresión sobre la faz del Sol.
—¡Ya comienza! —clamó el Leñador. El metal de su hacha rutiló con reflejos nacarados mientras se preparaba para contener a los Acechadores, que se volvían más feroces a medida que la luz flaqueaba.
Akelia, con los pies firmes en la tierra, invocó el poder de su báculo vital. Un domo de protección envolvió al grupo; una barrera de lianas de fuego que restallaban como látigos contra las sombras. —¡Ve al altar, Titania! —gritó la ninfa, con el rostro transpirado por el esfuerzo—. ¡Yo mantendré a raya a estas manchas de nada!
En el cenit, la sizigia fue absoluta. Un rayo de luz primigenia, amalgama de perla y fuego, rasgó el firmamento impactando sobre el ara. El aire vibró con un armónico tan puro que los Acechadores retrocedieron con alaridos de agonía, desintegrándose ante la frecuencia de lo sagrado.
Titania ascendió hacia el epicentro. Allí, suspendido sobre el granito que relucía con iridiscencias especulares, palpitaba el Velo de la Aurora. Era un éter tejido con los matices del primer amanecer. Sin embargo, al intentar asirlo, el tejido se volatilizaba entre sus dedos con una vibración lúdica, esquiva como el rocío.
—¡No se deja atrapar! —exclamó frustrada, viendo cómo el Velo se retorcía como humo juguetón.
Entonces, recordó las palabras del Oráculo y comprendió su error. —No se puede tomar por la fuerza... —susurró—. Es un regalo, no un trofeo.
El hada cerró los ojos y descendió suavemente sobre el basalto. Y olvidando el fragor de la batalla, comenzó a entonar una antigua melodía de las hadas primeras:
— “¡Oh, luz de la alborada
sin dueño ni destino!
Yo no quiero ser guiada,
mas quiero ser camino.
Vengo de donde el viento
con la savia de la historia,
allí donde el sentimiento
con el tiempo florecía.
Huye de tu recelo,
deshaz el nudo fiero,
que en este bajo suelo
tu sentir yo prefiero.
¡Oh, luz de la alborada
sin dueño ni destino!
Yo no quiero ser guiada,
mas quiero ser camino.
Raíz, vida y memoria,
en fuente clara y fija:
no hay triunfo ni hay gloria
sin que al alma se aflija.
Cae el manto de albores
sobre la paz de la tierra,
que colma los amores
que el universo encierra.
¡Oh, luz de la alborada
sin dueño ni destino!
Yo no quiero ser guiada,
mas quiero ser camino”.
Al pronunciar la última estrofa, el aire alrededor de Titania dejó de vibrar para venerar el eclipse, quedando impregnado de un aroma a musgo fresco y ozono.
Con la pureza de esta melodía, el Velo cesó su juego. Dócilmente, como una caricia de raso, se dejó caer sobre los hombros de Titania, envolviéndola en una calidez que borró de golpe el frío residual de la Garganta de los Suspiros.
Con el Velo en su poder, la oscuridad del eclipse se disipó. Los Acechadores se evaporaron como la débil neblina bajo un sol de mediodía. El valle recobró su calma, aunque una nueva amenaza pesaba sobre los viajeros.
Titania descendió del altar. El manto, ahora invisible para el ojo común, emanaba un aura de tal dignidad que incluso el viento enmudeció mostrando respeto a su paso.
Para el Leñador, un hombre de acción y materia, la melodía de Titania fue como si el peso de su hacha desapareciera. Sus músculos, tensos por el fragor del combate contra las sombras, experimentaron una distensión involuntaria.
Akelia, como ninfa y ser vinculado a la naturaleza, sintió la canción en su propia estructura celular. Sus venas parecieron llenarse de luz líquida. El esfuerzo agónico de mantener el domo de protección se evaporó porque ella se volvió invulnerable a la fatiga.
Cerró los ojos y dejó que su báculo floreciera espontáneamente en flores de azahar y jazmín, algo que nunca había sucedido en medio de un eclipse. Sintió una conexión telúrica tan potente que sus pies parecieron echar raíces invisibles en el basalto del altar.
—Con esto podremos ocultar nuestra esencia de los ojos del Gran Vacío —sentenció con alivio, aunque su mirada seguía fija en el horizonte—. Pero el Velo solo protege lo que cubre. Las sombras ya conocen nuestro rastro, y no se detendrán hasta encontrar la forma de quebrar nuestra marcha.
Debemos custodiar y proteger el Velo de la Aurora.
*Autores: Nelaery & Salva Carrion