MIRMIDONES
Así Zeus dejó en Egina la huella de su ardor,
y dio su nombre al suelo nacido de su engaño;
Hera soltó peste, castigo duro y huraño,
y el pueblo fue ceniza bajo amargo rencor.
Quedó solo Éaco fiel al antiguo clamor,
solo rey sin reino ni voz, sin mañana ni año;
rogó al dios del relámpago romper aquel daño,
y alzó su fe desnuda como último valor.
Rezando vióse en un roble al hormiguero vivo,
como sol multiplicado en rigor y paciencia;
pidió cuerpos al polvo, de ese mínimo activo.
Soñó caer las hormigas al barro en presencia,
y al alba se formó en la isla milagro expresivo:
nacieron mirmidones, orden y resistencia.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026