YERNO, SOL DE INVIERNO
Por la tarde, en el mes de enero,
brilla un solecito amable,
poco intrépido en principio
aunque también solidario
en un diario lucir
que apenas llena la calle.
Su presencia es silenciosa
aunque atenta y davidosa;
solo ofrece lo que tiene
sin escatimar un ápice.
No aguanta mucho en lo alto,
se mueve en un valle estrecho
aunque siempre diligente
y sin faltar a la cita:
si voltean las campanas
ya comienza su función.
Solo en el cielo sin nubes,
no presume de su fuerza,
amante de los barbechos
y de los patios sin flores,
se desliza entre las nubes
sin marcar un territorio,
se aproxima dócilmente
y nunca llaga a quemar.
Se lleva con todo el mundo,
y cada esquina es su sitio,
sol de enero, sol muy tibio,
es un seguro asidero
sin ofrecer mucho más.
El tiempo le va contando
horas, minutos, mañanas
y, al final, lo deja todo
sin avisar previamente.
Su gracia está en su ternura
de animal de compañía,
en su poquito de fuerza,
en que acude a todas partes
sin intención de abrumar.
Una presencia sin fondo,
un calor que poco abarca
aunque se sienta solar.
Una fiesta religiosa
sin santo y sin bendiciones.
Poco dura su estrategia
pues se retira al momento
de haber puesto una ilusión.
Sin futuro y con muy modesto presente,
ya en la aurora se levanta
como aterido él también.
Ajeno a la controversia
que cunde a su alrededor
sobre su propio valor.
Gaspar Jover Polo