Juan Roldan

En el Recodo

En el rincón más hondo del alma,
allí donde el tiempo no manda,
allí donde la muerte calla,
guardo tu nombre, esposa mía;
late despacio, sereno, intacto,
como un farol que no se rinde.

Dulce fulgor de un tiempo ido,
tu risa cruza mis silencios,
y en la noche que se deshace
tu sombra vuelve y me sostiene.

Recuerdo aquel día en que la luz se enfrió
y el tiempo detuvo su aliento,
antes de que el destino, áspero y ciego,
te arrebatara sin clemencia.

Fuiste mi aurora, mi casa, mi tregua,
la voz que aún vibra en mi pecho.
Y el perfume que dejaste en la almohada
aún resiste al polvo del tiempo.

Camino ahora entre recuerdos,
paso a paso, lento y hondo,
como quien busca en la penumbra
y, en cada crujido, escucha tu nombre.

Todo lo que no dijimos
flota aún en el aire inmóvil,
como un suspiro detenido
entre el latido y la pérdida.

Palabras que calló el cansancio,
miradas que el tiempo malogró,
ahora gritan en la ausencia
lo que el temor entonces ocultó.

Y aun así, en este silencio
que me envuelve y me desarma,
tu nombre arde, claro, inquebrantable,
sin consumirse, sin desvanecerse.

Porque te guardo, esposa mía,
en cada resquicio de este hueco,
donde tu amor, convertido en memoria,
ilumina lo que el tiempo ha hecho.