Los años corren como conejos,
nuevas vidas avivan
y las viejas se apagan.
Las flores se marchitan,
las hojas caen,
pero siempre algo nuevo crecerá.
Cada momento vivido,
cada palabra dicha,
cada paseo, cada comida,
se hunde en el fondo
del pasado.
Uno jamás sabrá cuándo será
nuestro último aliento,
la última comida,
la última charla
con quienes amamos.
Y ante esta incertidumbre,
solo queda vivir,
disfrutar la vida:
ya sea en la riqueza dorada
o en la simplicidad.
Siendo honesto,
yo elijo la simplicidad,
pues entre menos se tiene,
más se valora lo presente.
Porque la verdadera riqueza
no está en lo que brilla como oro,
sino en poder ser feliz estando solo,
o acompañado de quienes amo.
—La muerte y el loco.