Con un ancla en lo imposible
pongo en marcha mi velero hacia tus brazos.
Mis corsarios navegan, tambaleantes,
a lo profundo de tu abismo.
No temo al naufragio:
tu nombre es la tormenta,
tu mirada, los faros que me guían.
¿Qué importa sucumbir?
Que se rompa el mapa, que arda el norte:
prefiero perderme
antes que volver a tierra firme
sin tu marea gobernando mi timón.