Estaba sobre mí mismo,
Y mis alas podían tocar mi latido,
Calaba un calmo calor,
En la oscuridad de mi ritmo.
Sin saber qué soy ni por qué
Me confundo en húmeda sangre
Y al expandirme y romper cáscara
Se me revela a mi madre.
Empujo una vez más las plumas
Y trino desesperado por comida
Ella me sacia con una lombriz
Me aferro del pico a la vida.
Por un tiempo no entiendo más,
Sólo hambre y al verla, sosiego,
Ahora mis ojos no ven siquiera
Más allá del nido que ha hecho.
Pero un día me asomé fuera,
Estiré el cuello a lo desconocido,
Y me encandilaron sus verdes,
El sol empapado en el río...
Una tarde... llegó mi madre,
Me instó a saltar sobre la rama,
Y arrastrándome fuera con brío,
Moviendo en lección sus alas
Aguardó varios intentos,
Hasta que estuviese listo,
Y luego sin yo esperarlo,
Me empujó al abismo.
El puro terror me movió,
Hacia arriba con la corriente,
El aire tibio me acunaba,
Y me salvaba de repente.
Vi el fino borde del firmamento,
En un círculo de colores nuevos,
Y todo el mundo bajo mi vuelo,
Primerizo, frágil y pequeño.
Viré... siguiéndola en torpe aleteo,
Y entonces escuché un estruendo,
El cazador había errado a mi madre,
Y me dio a mí, en el último momento.
Un brusco dolor, y luego miedo,
Mi esencia llovió, estaba cayendo...
Mientras la luz de mis ojos se iba,
Pensé... oh, qué hermoso es el cielo...