Afuera hay un estruendo.
De un lado a otro, los cuerpos danzan
el compás que los define,
los supera
y los aflige.
Adentro hay un vacío.
De pies a cabeza, la conciencia es quietud.
No hay forma de adentrarse:
el miedo
los obliga a huir.
Entonces, ¿quién es esta gente?,
¿de dónde vienen los crujidos,
cuando al fin escuchamos?
Es demasiado tarde.
Solo el silencio como límite
a una vida presurosa.