En el jardín, entre sombras danzantes,
donde la noche teje su tapiz de estrellas,
una mujer y un niño se igualan en ternura,
unidos en el vórtice del instante eterno.
La mujer, cubierta con la sabiduría de los silencios,
guarda el eco del cosmos,
en sus ojos, el niño ve reflejado,
el laberinto de la luz y la tiniebla.
El, con la inocencia de un susurro,
pregunta al vacío, sin miedo,
Ella responde con un murmullo,
la inocente respiración del universo.
Bajo el manto de quietud, el tiempo se deshace,
y el espacio se curva en un abrazo,
donde el pasado, el presente y el futuro,
se funden en la danza de la esencia, la mujer y el niño,
se convierten en latido, en el pulso,
de la sinfonía eterna de su ser.