Vamos a estar tristes, sí.
Pero salir del pozo, aunque sea arrastrándose, también es valentía.
Nadie tiene un salvador: uno mismo es la mano que queda.
Aprender a vivir con la tristeza es un acto serio de amor propio.
Mirar la vida, disfrutar a los que están, elegir vivir teniendo una sola oportunidad.
La más importante: dársela a uno mismo.