EL HERMANO!
No empezó con la pérdida
sino con una complicidad temprana.
Éramos dos miradas abiertas
aprendiendo el mundo a la vez
sin saber aún
que el tiempo cobra intereses.
No recuerdo quién siguió a quién.
Solo sé que avanzábamos juntos
como si la infancia
fuera un territorio compartido
al que nadie más tenía acceso.
Había en él
una forma distinta de estar vivo:
más rápida
más luminosa
como si escuchara una música
que yo apenas intuía.
Crecimos creyendo
que todo regreso era posible
que el cuerpo no se cansa
que el riesgo es solo otra palabra
para la libertad.
Yo observaba.
Él se lanzaba.
Me mostró que el mundo
no se aprende solo mirando
que hay verdades
que se descubren cayendo
rompiendo
volviendo a intentar.
Luego el tiempo apuró las cosas.
La vida dejó de prometer.
Él siguió avanzando
como si la urgencia fuera aliada
como si la noche
no tuviera fondo.
Cuando se fue
no hizo ruido.
El vacío fue exacto
quirúrgico.
Desde entonces
algunos movimientos
ya no me pertenecen.
No es tristeza lo que queda
sino una falta estructural:
una ausencia que reorganiza
el modo de estar en el mundo.
Desde su partida
camino distinto
pero no sola.
En cada decisión difícil
algo de su impulso
me empuja hacia adelante.
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