Belina Fernández

Las formas en 2026

DE PRONTO, SIN AVISO,

TODO ADQUIERE UNA FORMA DISTINTA.

 

Con el tiempo ya no hay arquero:

solo la tensión que sostiene la luz

antes de la caída del sol.

Las flechas no se lanzan,

son un pulso en el espacio

buscando un cuerpo donde resistir.

Todo se tambalea a mi alrededor

y, sin embargo, todo está naciendo.

Es un movimiento que no avanza:

solo existe.

Y en él, un mismo gesto

se repite una y otra vez,

como si buscara una perfección

que no recuerda su origen,

ni necesita destino.

(Solo los silencios,

cuando verdaderamente están afinados,

pueden gritar nuestro nombre correcto).

Miro por la ventana

y la calle ya no es calle:

es un soplo de materia

esperando conciencia.

La espera ya no mide el tiempo,mide la forma

en la que nos impacientamos.

El cielo —el mismo cielo—

ya no nos cubre:

se abre ante nosotros,

nos llama hacia dentro,

como si el mundo necesitara de verdad

a alguien que lo habitara.

Cada martes —si es que acaso el martes existe—

el milagro no ocurre.

La lluvia, aunque llueva, nos atraviesa.

Y el miedo antiguo no es el mismo:

siempre es un miedo nuevo.

Los adioses no concluyen:

se depuran con el tiempo.

Y lo que perdemos no está perdido:

se vuelve exacto con el paso del tiempo,

como si hubiera encontrado

un lugar lejos del nuestro,

y al fin aprendiera

a vivir sin nosotros.

Al final, muchas veces,

todo lo que vivimos

es nuestra propia idea de la vida,

que nos moldea

tal y como le permitimos que lo haga.Y quizá existir

no sea otra cosa

que aceptar ser su musa,

no tener opción de elegir

ni el color

ni la forma.

Porque, en realidad,

la vida es como los poemas:

ya se escriben solos

sin necesidad de nosotros.

Ya no los pensamos,

ya no buscamos la palabra justa:

hemos dejado que toda la materia

avance sin nosotros.

Y nosotros nos hemos quedado

en el mismo lugar,

esperando,

como si quisiéramos inspirar a alguien

que haga con nosotros una obra mejor.