Hay días
en los que el alma camina despacio,
como si el tiempo pesara más de lo habitual
y cada recuerdo llevara nombre propio.
Días en los que el silencio habla,
no para herir,
sino para recordar
todo lo que fue verdadero.
He aprendido
que no todo lo que se pierde desaparece:
algunas ausencias
se convierten en raíz,
en memoria viva,
en una forma distinta de permanecer.
Sigo aquí,
con cicatrices que ya no sangran
pero tampoco mienten,
mirando al futuro
sin olvidar de dónde vengo.
Porque vivir
no es olvidar,
es aprender a caminar
con lo amado dentro.