En el silencio de mis días,
donde la sombra se disfraza,
habita un rencor que anida,
como espina en la ternura escasa.
He perdonado, lo he intentado,
como río que al mar se entrega,
pero la herida persiste,
en el eco de lo que se niega.
Perdón, palabra de cristal,
brillando entre lo que hemos sido,
pero en el fondo, un murmullo,
de un dolor aún no perdido.
Siento en el pecho el latido
de recuerdos que no se apagan,
como un fuego que consume,
aunque el alma busque su calma.
El rencor, viejo compañero,
se aferra con tenaz insistencia,
aunque asome el sol en el cielo,
su luz no sana la conciencia.
Camino entre luces y sombras,
sosteniendo el peso del ayer,
en cada paso un susurro,
del niño que debió aprender.
Mas en esta lucha constante,
busco convertir la pena en canto,
dejar que el viento lleve lejos
lo que me hiere y me quebranto.
Quizás en esta búsqueda eterna,
donde el perdón se vuelve balada,
hallaré la paz que anhelo,
y la herida, finalmente, sanada
Antonio Portillo Spinola