Andrik Navarrete Arias

La mujer del algodón: Una leyenda en prosa

LA MUJER DEL ALGODÓN


En este valle, se cuenta la historia sobre un hombre, residente durante los años de cuando era todo llano, seco y daba calor al pecho. Era un oficial conocido, además por su posición, por hablarle a las mujeres. Tenía unas risas y juegos que mandaron a volar pétalos de hasta cincuenta flores. Era, en entonces —bajo el sol y la tierra húmeda nuevas lluvias— un cantor o un zumbido, un espontáneo y vivaz; como el exótico colibrí, a quien luego no se le vuelve a ver.  

El huerto del valle tenía algodón recién brotado, el sol aclaraba durante esa tarde al cielo; era pues, un otoño travieso, que le jalaba de la capa al verano, y tentaba al invierno, para que se paseara por el aire. Y las pocas nubes, errantes solitarias, venían de por allá donde también, si uno prestaba quietud, percibiría un aliento de vida. En una mañana, encontraron al oficial muerto, tirado en los alrededores del huerto, por donde los animales enfermos paraban. Nadie le reconocería, hasta después por unas muchachas, acompañadas de sus hombres.  

El muerto vestía de galán y olía —como de una noche opaca— a alcohol y labial de flor. Ni una misa le hicieron. Tan siquiera le dieron bendiciones, y a la semana, burlas, y al año maldiciones.  

¡Oh, de morir en formas misteriosas; y darle en muerte el gusto a tus enemigos y la indiferencia de tus amantes!  

* * * 

Era de noche, un poco encogida por las lluvias de la tarde. La tierra: olía como a ese incentivo que hace trabajar a hambrientas lombrices. El rocío: aún ceñido a las matas. Los animales: grillos cantándose, perros durmiendo, pájaros invisibles y ojos curiosos. Y cierto oficial del pueblo: recién salido de una cantina.  

Sus labios eran para el dulce, su vicio le hacía el móvil a su alma errante, pero desde siempre hasta esa noche, solo distinguía el cuerpo y el placer para la carne. Pues, para aquel oficial, la única superstición era la melancolía femenina, y el extraño aroma floral. Todavía creía oler flores entre puro matorral y matas secas a su alrededor.  

Llegó a la carretera que le lleva a los ranchos. A su lateral discernió un huerto de algodón, todos plenos, extendiéndose hasta donde el pensamiento no alcance.  

El hombre sintió algo como un mareo, o una neblina en sus parpados. Más allá, entre el algodón, surgió una mujer de gracioso andar. Ella era como una palomita de gran inteligencia. Si era de curiosidad o sorpresa o reflexión, es imposible saber. Pero entonces, la figura de la mujer, que era como de una muchacha con los días libres, se deslizó por el algodón. El mar blanco se descorrió en corriente —corriente pero no de viento. De vibraciones—.  

La delicada ave de campo se aproximaba en segundos. De pronto, la visión del hombre tenía a la mujer, morena y suave. Su cabello, juraba él, se dirigía hacia su mano. Delgados pies surcaron la tierra, como una fila de hormigas. Su rostro estaba inclinado de tal tierna manera, que no podía ver sus labios.  

Por supuesto, una vez entrado en consciencia, la respetable autoridad oficial, siguió a la palomita, que jugaba en los bordes del algodón. Susurraba ella, solo para las lechuzas de los árboles. Él se acercó para susurrar, desde el pulmón su deseo. Susurró su amor con el estómago, mientras la muchacha, de pureza y ligereza del algodón, se mantuvo pecho a él. El hombre, movido por el tacto, y el cuerpo vencedor sobre su pensamiento comprometido, otra vez declaró:  

<< Nos amaremos, mi jovencita, paloma blanca de la virgen... >>.  

Ella se rio, mientras se cubría la boca. Sus ojos se abrieron más para verle. Dijo:  

<<  ¿Me lo juras? A mí, una virgen. ¿Cómo puedes prometer, en este hermoso campo de las gentes, el amor, con esas palabras de atolondrado? Eres un hombre de vida y yo te quiero para mí... >> 

Y el hombre de vida y experiencia, prefirió ahí demostrar, antes que agregar palabra.  

Luego, despertó acurrucado contra las raíces de un árbol. A la lejanía el huerto de algodón brillaba de puro blanco. Sobre la copa del árbol, un par de lechuzas ululaban. Luego, se fueron volando. En este lugar, el hombre siguió recostado; la luna, apenas luz pálida, le cegó al despertar. Su corazón latía por la palomita del algodón, pero por parte de su pensamiento, creyó sentir, el pulso lento; cauteloso y distante, de su corazón. Y la noche transcurrió, una vez más, aun con el afán de atisbar a esa mujer tan hermosa.  

Al día siguiente, encontraron al oficial del pueblo, sus amantes ilegítimas le reconocieron después. Los demás se reunieron alrededor del cuerpo. Estaba abierto de canal por unos zopilotes.