Me acosa la noche
con la urgencia de embriagarme de ti.
Esperanza rota,
boca seca de tus besos
y, sin embargo, empapada y loca,
ardiendo en los adentros
la sed que con tu fuego
no deja de surgir.
Has crecido en estatura y peso:
me inundas,
desbordas la luna de mi cuerpo,
ocasionas estragos
que ni los siglos alcanzan
a resarcir.
Derramas las venas,
astillas la piel y el intelecto.
Marcha lento
por la patria de mis poros
y contempla, plácido, los destrozos.
Que sean ellos quienes acusen tu furia
y que al fin reposes sobre sus dolores,
que se calmen un poco los siniestros
y regresen a un solo cauce
los mares de mis ojos.
Góndola de fuego,
desata versos de silencio.
Tu voz, violín que rasga el viento,
espanta la nostalgia
que me quema dentro.
Lluvia fértil de tus dedos,
resucita a tiempo
sentimientos muertos.
Eres rapsodia de amor
de un solo tiempo.
Toca el arpa del silencio,
haz vibrar la canción
que espanta la soledad de mi entierro.
Guitarra de cuerdas largas,
haz resurgir la esperanza
cantando el sueño…
Ya no hay palabras.
No me queda espejo
para engarzar en el todo
el espectáculo etéreo.
Para limpiar mis lágrimas,
sólo tu beso.