Hubo un tiempo, en la historia de la vida humana,
en que todos nacían con ojos.
Veían.
Eran capaces de observar
y nombrar el mundo,
entendieron pronto
que la voz era una forma de poder.
Aprendieron a cuidarla.
Con el paso de las generaciones,
algunos comprendieron
que los humanos que ven y hablan
no son fáciles de doblegar.
Entonces apareció una voz distinta.
No prohibía.
Ofrecía.
Prometía libertad
a cambio de pequeñas renuncias.
Lo natural dejó de ser refugio
y comenzó a llamarse peligro.
Poco a poco,
las palabras perdieron fuerza.
Algunos decidieron coserse la boca
para no decir lo indebido,
para no traicionar la nueva verdad.
Con el tiempo,
el silencio se volvió ceremonia.
A los recién nacidos
se les cosía la boca
como primer acto de iniciación.
Nadie supo decir en qué momento
los ojos comenzaron a fallar.
Tal vez porque ya no miraban.
Tal vez porque ver dolía.
Las siguientes civilizaciones
nacieron sin ojos
y sin boca.
Siglos después,
en la cúspide del reinado de la inconsciencia,
en un hospital saturado del sistema,
nació un niño
con ojos
y boca.