No hubo gritos. El mundo se apagó como una lámpara olvidada en una habitación sin testigos.
Las palabras perdieron su función, los nombres se desprendieron de las cosas y la memoria comenzó a oxidarse en silencio.
La muerte no llegó corriendo; ya estaba sentada, esperando que la vida terminara de cansarse.
No quedaron culpables, porque ya no había jueces. No quedó fe, porque no quedaba nadie que necesitara consuelo.
El tiempo se dobló sobre sí mismo, no por fuerza, sino por falta de uso. La eternidad aprendió a ser liviana cuando dejó de tener sentido.
Existir fue un gesto breve, una interrupción innecesaria en la calma perfecta del vacío.
Y aun así, en el último rincón de lo que fue, algo insistió en no desaparecer: la pregunta que nadie respondió y que sostuvo al mundo un segundo más antes de rendirse.