karonte

Impulso ciego

Vivimos con prisa heredada,
sin tiempo para mirarnos,
corriendo por alcanzarnos
en una meta prestada.
La hora siempre adelantada
nos gobierna sin testigos;
somos relojes antiguos
rotos por tanto avanzar,
y al no sabernos parar
nos volvemos nuestros enemigos.


La amistad cambia de forma,
se vuelve trato ligero,
intercambio pasajero
que dura lo que conforma.
Ya no abriga ni transforma,
solo acompaña el momento;
se firma sin juramento
y se borra sin memoria,
como si toda la historia
fuera un trámite sin aliento.


Amores de gesto aprendido,
besos que ensayan verdad,
promesas sin identidad
repiten lo ya vivido.
Se ama por no estar perdido,
no por deseo profundo;
así el afecto fecundo
se marchita en apariencia,
y el alma paga la ausencia
de no mirarse en lo hondo.


Confundimos movimiento
con sentido y con destino,
y por no cambiar el camino
seguimos por puro impulso.
El ruido ocupa el discurso,
el silencio se destierra,
nadie escucha lo que encierra
la duda cuando despierta:
la vida no va tan cierta
cuando se vive de prisa.


Tal vez vivir sea detener
el paso antes del vacío,
mirar sin miedo el hastío
y aprender a permanecer.
No todo es correr o huir,
ni llegar antes que nadie;
hay verdades que no arden
si no se miran despacio.
El tiempo no es el fracaso:
fracasa quien no se habita.