Subí al árbol más alto que tiene la alameda,
y no fue, Federico, para ver las estrellas,
que en los bajíos más bajos de esta calada tierra
sólo encuentra brillo el reflejo de nuestras penas,
caídas en ventura por atisbos de conciencia
que no saben de alturas si no escalas sobre ellas,
nos regalan espejos que no dicen de más furias
que las quietas compañeras que nuestros pasos albergan.