Mátenlos a todos que ya después
el señor verá cuáles son los suyos.
—Exterminio albigense.
Allende el mar,
allende una palabra,
retrasar el gusto, contener,
esperar a que el momento
sea, contemplar dejando
a un lado el reloj de pulsera,
pronunciar despacio,
atender con fruición
el sonido, la vibración
que la voz proyecta al salir
de la boca, detenerse en el milagro
de unas cuerdas vocales sometiendo
su anatomía al aire que sube
de los pulmones, música celeste.
Allende el misterio, allende tu habitación,
con o sin vistas, pero siempre interna,
interior, replegada sobre sí, sobre ti,
con el único propósito de observar,
de conocer, cada pellizco, cada pliegue,
cada recoveco, y estudiar así la manera,
el estilo, de cómo llegar, alimentar,
apacentar el hambre de tu entraña,
ese hambre que no atiende a alimento,
a esos que se buscan, se exponen, se brindan
en el supermercado de abajo, de allí mismo.
Allende un poema, un cuadro, una belleza,
no hay nada, no debe haber nada, es tierra
de un algo que genera, que explica, que causa,
es un sanctasantórum inaccesible, donde tú,
yo, él, se visten, se revisten para salir a misa,
se paran en ritual a hacer las abluciones
de rigor antes de verselas con Dios, o con
ese algo que genera, que explica, que causa...
Allende lo sustraído a la vista, al olfato,
al gusto, a tu gusto, al de él, al oído, al tuyo,
al tacto, a la caricia, a la mía, a la de él,
a lo que se toca, se palpa, a la mía, a la tuya...