◐ No todo refugio se construye hacia afuera.
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Al principio no lo noté.
Las emociones ajenas fueron entrando despacio,
como entra el polvo
por una ventana que nunca terminé de cerrar.
Palabras, gestos, silencios
que no eran míos
empezaron a pesar más que mi propia voz.
Aprendí a mirarme desde afuera,
a medir mi valor con reglas ajenas,
a callar lo que sentía
para no incomodar.
Lo externo no me rompió de golpe.
Me fue desgastando.
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El quiebre no llegó con ruido.
Llegó como una tristeza clara.
Ahí entendí el problema:
dejé de ser mi refugio.
Me fui de mí
para sostener lo que dolía.
Me abandoné
para que otros no se fueran.
Mi casa interna seguía en pie,
pero yo ya no volvía.
Y nadie me echó.
Fui yo
quien no se defendió.
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Por eso hoy sé
que amarme no es un lujo
ni una frase bonita.
Es una necesidad profunda.
Amarme es quedarme
cuando todo empuja a huir.
Es poner límites
aunque tiemble la voz.
Es volver a elegirme
incluso en mis grietas.
El amor propio no borra lo que pasó,
pero me devuelve el hogar.
Y desde ese lugar,
aunque sea con una luz pequeña,
decido
no volver a abandonarme.