HAMBRE CIVILIZADA
Mercedes Sosa y Wcelogan
Dilema de mi boca
al tratar de nombrarte.
Eres ajeno,
un manjar que no debo comer,
y aun así mi lengua
ensaya tu forma en el aire
como quien aprende
una oración prohibida.
No te digo.
Me digo tu ausencia.
Te observo desde la silla correcta,
la de las buenas costumbres.
Cruzo las manos,
ajusto el vestido,
y fallo.
Porque el deseo no sabe
sentarse derecho
cuando pasas rozando la tarde.
No te debo nada.
Y, sin embargo, te pienso.
El silencio firma
contratos invisibles:
desear sin tocar.
Arder sin incendiar la casa.
La tentación, tan educada,
pide permiso,
agradece el vaso de agua,
y se queda a vivir
en la garganta.
Si te nombro, peco.
Si callo, también.
La palabra es un vaso tembloroso
y tú,
el vino que lo rebalsa
sin derramarse jamás.
¿Ves?
Hasta la metáfora se contiene.
No te acerques.
Mi boca quiere decir tu nombre.
Somos tres
vigilando la frontera,
tres custodias del “no”
que suena peligrosamente
a “todavía”.
El tiempo pasa,
y no pasa nada.
Eso es lo más grave.
No busco permiso.
Busco límite.
Hay gestos mínimos
que gritan más que un beso.
El deseo aprende a vestirse
para no llamar la atención.
Pero debajo del abrigo
tiembla.
Siempre tiembla.
Eso también
es una forma de verdad.
Te pienso sin tocarte.
Hay fuegos que no se apagan:
se administran.
Un hambre civilizada,
tres voces sosteniendo el borde,
y un beso que jamás ocurre…
pero lo gobierna todo.