MIGUEL CARLOS VILLAR

Diálogo existencial

Debajo de la única encina que aún conservaba las hojas me alcanzó una ráfaga de voces. Al principio no vi a nadie. Me detuve. La tierra parecía respirar. Afilé el oído.

 

Me acerqué. Vi al topo, con la tierra aún fresca en el hocico, y al gnomo, sentado sobre una raíz, balanceando las piernas cortas como si midiera la distancia entre él y las nubes.

El topo resopló.

El topo levantó el hocico hacia el árbol.

Hubo un silencio. Las hojas temblaron apenas, como si escucharan.

Sentí entonces que la conversación se apagaba. Seguí mi camino con cuidado, bordeando la encina, como quien aprende tarde dónde pisa.

 

(En días como estos de frío y fuertes heladas se ven muchas toperas, ya que los topos tienen que profundizar más en busca de lombrices e insectos. Es como si anunciaran un cambio del tiempo)