La recuerdo con las manos manchadas
de vientos azules, rojos, amarillos;
recuerdo el verde de sus ojos fijos
en el lienzo o el papel que la enfrentaba.
Cuando esculpia el gesto era distante;
arcilla que cedía al pulso taciturno
de sus manos, que eran las del mundo;
aprendiz de diosa, altiva y desafiante.
Yo la quise. Y tanto la quería,
cómo no quererla cuando reía
distraída. Fue un riesgo luminoso
y me acerqué de más a su destello.
El arte era apenas el reflejo
frágil de sus manos, y de sus ojos.