El dolor es un perro fiel, ¿verdad?
Se acurruca en el hueco de tu estómago,
caliente y pesado,
el último hilo de seda que te une al fantasma.
Dices que no quieres sanar.
Y te entiendo.
Porque la cicatriz es lisa, es sorda, es de plástico,
pero la herida abierta... ¡Ah!
La herida todavía tiene voz.
Todavía grita el nombre de lo que se fue,
y en ese grito, ellos regresan por un instante,
con sus manos de polilla y sus promesas rotas.
Sanar se siente como un asesinato silencioso.
Como si al dejar de sangrar,
estuvieras borrando las huellas de sus pies en la nieve.
Tienes miedo de que, si el corazón deja de doler,
se convierta en una habitación vacía,
limpia, blanca, terrible,
donde ya no quede ni el olor de su tabaco
ni el eco de su risa de cristal.
Prefieres masticar el vidrio de la ausencia
porque al menos el sabor de la sangre es real.
Es tu comunión. Es tu cena sagrada.
\"Si sufro, todavía existes\", le dices a la sombra.
Pero escucha, pequeña muñeca de trapo:
el dolor no es la persona.
El dolor es solo el carcelero
que te mantiene encerrada en una tumba que no te pertenece.
m.c.d.r