Te amé con una violencia silenciosa, de esas que no rompen objetos pero quiebran el tiempo, porque lo nuestro no fue un ascenso luminoso sino un descenso consciente, donde cada gesto tuyo era un peldaño húmedo y cada palabra una antorcha mal sostenida que apenas iluminaba lo suficiente para seguir bajando, y yo acepté ese camino sin pedir señales, porque nadie cae de esa forma por accidente.
Había algo enfermo y hermoso en nosotros, una lucidez que dolía, nos mirábamos como se miran los condenados, con una ternura inútil y la certeza de que no existe absolución posible, entendiendo que tu cuerpo no prometía salvación sino verdad, y que esa verdad era peor, porque yo ya no quería vivir sino entenderte, que al final es solo una forma elegante de desaparecer.
Te quise con el cuerpo agotado y el alma sucia de fe, te quise cuando no quedaba nada que ofrecer salvo este pulso torpe, este corazón de animal atrapado entre dos piedras, porque amar así no ennoblece sino que desgasta y afila hasta volverte preciso en el dolor, hasta enseñarte a sufrir sin ruido.
La noche nos conocía mejor que nosotros mismos, nos veía desnudarnos no de ropa sino de mentiras, en una oscuridad sin futuro donde solo había carne y esa tristeza antigua que se instala en los huesos para aprender a hablar, mientras tus manos no acariciaban sino que interrogaban, y las mías respondían siempre tarde, siempre con culpa, como si el error fuera la única forma de fidelidad que me quedaba.
Aprendí que el deseo no es fuego sino hambre, que arde precisamente porque no se sacia, que besarte era aceptar una humillación lenta, una plegaria sin dios, una forma exquisita de autodesprecio, y aun así volvía, volvía como se regresa a una casa incendiada solo para comprobar que todavía queda algo ardiendo.
Después vino el silencio, no como paz sino como castigo, un silencio espeso y lleno de presencias, porque tu ausencia no se marchó sino que se instaló, dormía conmigo, se sentaba en mi pecho cada mañana y me hablaba con tu voz pero sin tu consuelo, confirmando que el amor no termina sino que se pudre con elegancia.
Hoy te llevo como una cicatriz profunda que no siempre se ve pero manda, y no te recuerdo con nostalgia sino con el respeto que se le tiene a los dolores que forman el carácter y a las pérdidas que educan la mirada, fuiste una lección escrita con sangre lenta, sin dramatismo y sin perdón.
Por eso ya no te maldigo ni te bendigo, ya no creo en esas ceremonias, te nombro apenas como quien pasa la mano por una pared húmeda y reconoce la casa donde casi muere, y sigo, no mejor ni más puro, sino simplemente más consciente de que amar es un acto oscuro, donde no todos sobreviven, y de que algunos, como nosotros, nunca quisimos salvarnos.