Anonimata

Amar no era el error

Amar no era el error 

Me enamoré donde no debía, no porque el amor fuera pecado, sino porque tenía el tiempo en contra y el corazón demasiado abierto.

Tú me decías “eres muy pequeña” como quien avisa de una tormenta, pero aun así me besabas y cada beso era una promesa que yo nunca pedí, pero que aprendí a creer.

También dijiste que no era madura, y esas palabras se quedaron conmigo, más que los besos.

En silencio decidí cambiar, crecer a la fuerza, aprender a ser alguien que pensara menos, que sintiera menos, solo para no perderte.

Intenté ser lo que esperabas, aunque me costara reconocerme.

Cambié por amor, no por mí.

Y aun así no fue suficiente, porque mientras yo me transformaba, tú te ibas aburriendo.

Tú seguiste siendo tú, y yo me fui perdiendo.

Tal vez fue otra vida la que nombrabas, tal vez era tu forma de no quedarte, y aun así dolía, porque yo no quería otra vida, te quería a ti en esta, con mis miedos, con mi edad, con todo lo que soy.

Me enseñaste a amar en silencio, a sentirme grande por dentro aunque me llamaran pequeña.

Y luego, sin aviso, dejé de importar, como si el amor pudiera apagarse sin quemar a quien lo sostuvo.

Quizás nunca fui el problema, quizás nunca fui inmadura, quizás solo amé

con demasiada verdad a alguien que no sabía qué hacer con eso.

Hoy entiendo —aunque duela— que amar también es saber irse, que merezco un amor que no me mida, unos labios que no confundan, una mirada que no me haga sentir insuficiente por sentir demasiado.

Me alejo no porque no te quiera, sino porque ahora me quiero yo. Y aunque el corazón sangre despacio, sé que algún día este dolor será la prueba de que sobreviví a perderme intentando complacer a alguien que nunca supo elegirme.