◇ Micaela y sus hermanas
De chica odiaba los insectos. Crecimos, para colmo, cerca de una zona rural, plagada de ellos.
A la tardecita, poco antes de la cena, después de lavarnos las manos, con mis hermanas —Agustina y Ágata—, una a una, nos sentábamos en la cocina a esperar las variadas recetas maternas. A veces nos sorprendía con un plato exquisito o algunos de nuestros platos preferidos.
Luego de la cena, nos reuníamos en el dormitorio de nuestra madre para escuchar distintas historias. Nunca supimos si eran veraces, pero quedábamos fascinadas. Al terminar los relatos, nos pedía que nos acostáramos, lo cual era seguido a pie juntillas.
Ya en el dormitorio, nos daba las buenas noches, nos arropaba, y eso sellaba la finalización del día con un beso en la frente a cada una de las tres. Esta ceremonia se llevó a cabo durante toda nuestra infancia.
Al cerrar la puerta detrás de sí, a veces nos reíamos con tan solo mirarnos: alguna de nosotras estaba absorta, con la boca abierta. Y eso nos provocaba risitas, hasta que, sin poder parar, estallába todo volver a empezar.
A pocos kilómetros de allí, en San Vicente (prov. de Bs. As.), vivía nuestra tía Sara, su esposo Juan y, con ellos, los primos Carlos y Blanca. Ellos sí estaban en la zona rural, en una pequeña granja.
A la mañana temprano, mi tía nos servía un café suave, con leche recién ordeñada, mermelada, pan y manteca casera. Otras veces, a primera hora de la tarde, Sara nos sorprendía con pequeños vasos de aluminio con flan casero.
Mientras Agustina se quedaba en el jardín leyendo o tomando sol, a Ágata y a mí nos gustaba, de vez en cuando, ayudarlos con las tareas del campo, porque sus animales, además de ser lindos, eran mansos. Durante las mañanas los llevábamos a pastar y por la tarde los regresábamos al corral. En particular, esta tarea nos gustaba mucho.
El boyero de la casa nos conocía demasiado y, por eso, nos tenía siempre a Isis y Nut ensilladas para tal fin. Estas dos yeguas eran caballos criollos colorados, muy hermosas, que mi tío había comprado para nosotras y nos dejó ponerles el nombre.
Yo sentía devoción por los caballos; supongo que se lo debo a mi padre. No había fin de semana libre en que no fuéramos al campo.
El tío Juan acostumbrpaba, en algunas ocasiones por las tardes, a reunir a toda la familia. Sacaba la guitarra y, entonces, entre fogones y brasas, zambas y chacareras, cantábamos todos juntos mientras se hacía el asado. También hacíamos filas para recibir cada una los sanguchitos de chorizo, infaltables, glup, haciendo malabares para no quemarnos los dedos. Si esto ocurría, debíamos escuchar las risas de las otras dos.
Esa época, que aún extrañamos, siempre estará viva. Muchos años han pasado y ahora cada una de nosotras tiene una vida ya encaminada, lejos del campo; y si bien los visitamos, rara vez coincidimos todas juntas. Pero siempre evocamos esos momentos de nuestra entrañable infancia con mucha ternura.
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Autor:
Vientoazul 🦋⃟
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